Prefacio a This Star of England (1952)
por Charlton Ogburn, Jr.
El único tema capaz de generar un inagotable interés para la humanidad, es el ser humano mismo. Todas las sociedades en todas las épocas han compartido el anhelo de conocer la naturaleza del hombre y su lugar en el cosmos. La característica preocupación del hombre por el enigma que él mismo representa es tan profunda, su inquietud tan vasta, que en la mayoría de las culturas se reserva un lugar especial para aquellos individuos considerados aptos para exponer los misterios fundamentales. De hecho, a menudo se les concede una autoridad igual a la del poder temporal.
En nuestra propia sociedad, la concepción convencional del hombre en su lugar en el universo ha derivado cada vez más de la ciencia popular. Los materialistas son nuestro sacerdocio, y para nuestra generación ellos representan la interpretación oficial.
Es característico de nuestra filosofía determinista interpretar a la humanidad en función de los denominadores comunes más bajos. El hombre, según nuestra ortodoxia, es un animal cuyo comportamiento está enraizado en un pasado animal. Escribiendo antes de la “Era de la Razón”, Pascal pudo describir al hombre como simultáneamente el escándalo y la gloria del universo. Pero para nosotros el hombre no es ni héroe piadoso ni villano diabólico: es la encarnación de lo ordinario. Nos inclinamos ante el Hombre Común. Él triunfa no por el ejemplo que representa, sino por su peso numérico.
Además de las dos autoridades que tradicionalmente nos enfrentan —la autoridad gubernamental, que nos indica lo que los ciudadanos deben hacer, y la otra, ya sea teológica, filosófica o científica, que nos expone nuestro origen y nuestra significación en el universo—, existe aún otra voz, no autoritaria, personal y potente, que nos interpreta a nosotros mismos. Esa es la voz del artista. Es la gran literatura, la pintura o la escultura, la sinfonía o el concierto, la ópera o el oratorio, lo que nos da convicción de verdad —de armonía y sentido últimos— y nos produce un sentimiento de exaltación.
Muchas veces las verdades transmitidas son efímeras: no perduran cuando cambian los patrones de vida. Pero la obra de unos pocos trasciende su propia época, permanece fresca y vital, perdura con nosotros. En ningún caso esto es más notable que en el de Shakespeare. La naturaleza del genio de Shakespeare era “tal que enaltece la gloria del hombre”, para mostrar que los recursos de la naturaleza humana son insondables y que el espíritu humano no puede ser explicado ni contenido por los limitados atributos que permite la racionalidad de nuestra época.
Desde su tiempo, los principios de autoridad gubernamental, así como los edificios de pensamiento teológico, filosófico y científico, han sufrido alteraciones drásticas o han sido abandonados. Sin embargo, la concepción de Shakespeare sobre el hombre no solo ha retenido su validez, sino que gana fuerza e iluminación con el paso de los siglos. A medida que la ciencia progresa y la estima del hombre hacia sí mismo tiende a decaer en relación con su creciente dominio del entorno material, no es que las verdades legadas por Shakespeare y algunos otros artistas superlativos vayan a ser desplazadas, sino que serán las únicas certezas que podremos mantener.
Si hoy la atracción de Shakespeare es mayor que en los tres siglos transcurridos desde su época, puede ser porque nuestra era, como la de Isabel, es una de horizontes amplios, de especulación en territorios inexplorados, de formidables incertidumbres y escasos puntos de referencia. La imaginación errante y desinhibida de hace cuatro siglos encuentra un contrapunto en esta era actual de valores inestables e instituciones fracturadas, como no ocurrió en ningún momento desde entonces. El hombre del Renacimiento fue un aventurero en un universo sin mapas, y eso es lo que el hombre ha vuelto a ser en el siglo veinte. Las direcciones que nuestros predecesores en la época de Isabel y de los Médici emprendieron hacia lo desconocido son aquellas que hemos seguido: el molde de nuestra civilización se configuró en esa edad de ensayo y descubrimiento. Lo que ahora somos fue en gran medida determinado en esos años formativos de nuestra cultura.
Todo arte tiene un enorme poder para la humanidad; ninguno más que la creatividad incandescente del genio shakesperiano. Se ha observado que los personajes de Balzac eran más típicos de la generación que vino después que de aquella que retrató; del mismo modo, después de que Kipling escribiera sus mejores historias, tales personajes comenzaron a encontrarse en los lugares remotos del mundo; de modo que estos artistas en realidad creaban hombres.
No es función del arte seguir la realidad. La realidad sigue al arte. Cuando contemplamos una puesta de sol, no la vemos “tal como es”—como una amalgama de la visión de Copérnico sobre la revolución de la tierra alrededor del sol y la teoría cuántica de Max Planck sobre la luz. La vemos a través de los ojos de generaciones de pintores y poetas que la han impregnado con el elevado símbolo de aspiración y resignación, o con la grandeza de la armonía celestial. El matemático no puede postular su universo sin símbolos. Sin palabras, el hombre no puede pensar; y sin la identificación de nuestras emociones que tradicionalmente nos ha brindado el artista, apenas podríamos sentir. Porque no solo han sido los fenómenos de nuestra morada material los que el arte ha dotado de significado: el arte nos ha dado, a lo largo de los siglos, nuestra idea de nosotros mismos, las caracterizaciones íntimas e impulsoras que reconocemos como “verdaderas” porque cobran vida en nuestra experiencia común. Un personaje de ficción se vuelve real en la medida en que podemos vernos en él. Al mismo tiempo, somos reales para nosotros mismos en la medida en que nos reconocemos en las representaciones de hombres y mujeres en la literatura. Inspirado por el artista, el hombre se crea y se recrea. Cuanto mayor es el artista, más duradera es la concepción del hombre que ofrece. Quizá no haya otro criterio de supremacía en el arte.
La preeminencia de Shakespeare reside en haber logrado una realización más amplia de las potencialidades humanas que ningún otro poeta ha alcanzado. No solo creó personajes, sino que, en un sentido muy real, creó a la raza inglesa tal como ahora la conocemos. Todos los artistas genuinos son exploradores. Extienden los límites de nuestro mundo conocido, y nosotros seguimos, mejorados por su visión. Su concepción de la humanidad se realiza con el tiempo mediante la cultura de la cual son expresión; su luminosa visión se convierte en un lugar común. Aunque muchos poetas tienen solo influencia transitoria porque, limitados a un conjunto peculiar de circunstancias, carecen de universalidad y por ende de significado permanente, Shakespeare es inmortal. El espectáculo de sus dramas nos da una sensación de realización última de la humanidad esencial, tan próxima a lo último como podemos concebir; nos da, de hecho, una comprensión como la de un dios.
No es que los personajes de Shakespeare sean sobrehumanos: la literatura está llena de personajes de heroísmo, fuerza o villanía sobrehumana, y los encontramos simplemente tediosos. Los hombres y mujeres de Shakespeare no son sobrehumanos, sino magníficamente humanos.
En Shakespeare está ausente lo mediocre, lo muerto, lo incompleto, lo imperfectamente comprendido, lo trivial, lo pasivo, lo mezquino y lo sin sentido. Lo que está ausente, podría decirse, es aquello que los escritores modernos representan y definen conscientemente, alegando que la vida es así. Esto quiere decir que la concepción de Shakespeare sobre el hombre es elevada. Porque para él es esencia del destino humano abarcar una totalidad de experiencias y llevar una carga de autoconocimiento que lo marca como figura de capacidad infinita: al mismo tiempo explicación y misterio del universo. Sin importar cómo sientan o actúen los héroes, heroínas, villanos y villanas de Shakespeare, sienten y actúan con grandeza, acorde con una concepción elevada del destino humano. En una época como la nuestra, cuando las artes forman lo que se ha llamado una pequeña conspiración para degradar la grandeza del hombre, uno encuentra consuelo en el instinto manifiesto de nuestra generación de volver al poeta que, por encima de todos, ha dado al hombre estatura, grande incluso en su debilidad, trascendente en significado aun frente a la futilidad final y a la extinción.
En cierto modo, puede considerarse un tributo a la obra de este genio que casi desde su muerte la mayoría haya asumido tácitamente que estas obras fueron dadas al mundo como maná. De repente, en la visión convencional —o, a lo sumo, después de unos pocos años de gestación de tipo misterioso— los dramas y poemas simplemente aparecieron, completamente armados, como Palas de la frente de Zeus. ¿Cuál era su sustancia? ¿Por qué fueron escritos? Más de tres siglos de erudición crítica no arrojan luz sobre estas preguntas. De hecho, tales preguntas parecen apenas haber surgido en las mentes escolásticas. ¿Qué tipo de hombre fue quien produjo las obras supremas de la literatura de nuestra lengua? “Se sabe poco del autor de las obras”; o, en una desvergonzada imposición a nuestra credulidad, se nos presentan “vidas” de Shakespeare que son imaginaciones aéreas, disciplinadas solo por unos pocos hechos en gran parte irrelevantes.
La época isabelina fue la juventud de nuestra civilización. Fue un tiempo en que despertamos al mundo que nos rodeaba y nos encendimos con lo que vimos; un tiempo en que, como en la primavera, las esencias almacenadas bajo la superficie durante el largo crepúsculo medieval surgieron en todo su vigor para el florecimiento del Renacimiento. Fue sobre todo, como dijimos, el momento en que el carácter de nuestra cultura tomó forma. Y en ninguna persona la calidad de la época se iluminó tan ricamente, ni se sostuvo tan poderosamente, como en el autor de los poemas y dramas de Shakespeare. Él fue a esta Edad de Oro lo que el poste central es para la lona de una tienda. Toda la literatura de la época fue elevada a través de él. Como Esquilo, en la Edad de Oro de Grecia, inspiró y superó a sus seguidores. Los escritores contemporáneos alcanzaron la excelencia porque compartieron el escenario con él. Sin el genio de este hombre, no habría existido esa época isabelina tal como la conocemos.
Si sus obras hubieran sido presentadas abiertamente como anónimas, no cabe duda de que los eruditos de tiempos posteriores habrían respondido al desafío y hace tiempo habrían aclarado el misterio de su origen. Sin embargo, las obras fueron publicadas bajo el nombre “William Shakespeare”, que se parecía al nombre de un humilde comerciante de granos de Stratford, un William Shaksper (o Shagsper, o Shakspe, o Shaxper, como se escribió de diversas formas). Según los escasos registros que existen, este Shaksper pasó algunos años en Londres durante el período en que los dramas aparecían en los teatros públicos. Como resultado de esta coincidencia, generaciones de escolares han sido instruidos para creer que el incomparablemente talentoso y sensible genio que forjó las obras a partir del tumulto de alegrías, angustias y celo intelectual que evidencian, a partir de un aprendizaje y una experiencia amplios, de una familiaridad íntima con todo el ámbito de la vida cortesana, sin mencionar un orgulloso y apasionado celo por su herencia, que contribuyó más que cualquier otro centenar de escritores a la creación del idioma que hablamos, fue una especie de entidad amable, casi desconocida para sus contemporáneos, casi analfabeta. Nos dicen que su interés en la edad literaria que coronó fue tan escaso que, tras escribir los dramas, regresó al negocio de granos en Stratford, y durante años no volvió a prestar atención a la literatura, no recibió un solo visitante del mundo teatral o literario, nunca fue mencionado, en vida, como escritor, ni se hizo comentario público alguno a su muerte; además, que nunca consideró valioso enseñar a sus hijas a leer o escribir, y que no dejó libro ni manuscrito alguno en su testamento cuidadosamente redactado. Esa es la leyenda que nos enseñaron de niños, y la mayoría de nosotros, ya adultos, nos hemos contentado con ella.
La atribución convencional de las obras de Shakespeare ha corrompido el juicio y la percepción de generaciones. Nos ha engañado sobre la naturaleza entera de la creación artística. Basándose únicamente en el ejemplo de Shakespeare se ha tendido a creer que el artista no es más que un conducto entre una fuente de inspiración divina y un cuaderno, que como medio de una sesión espírita, su participación es mínima, sin voluntad, conocimiento ni esfuerzo. Esta ficción no corresponde a ninguna experiencia humana válida. Reduciría el arte al nivel de prestidigitación, de sacar un conejo de un sombrero. Sin embargo, hay que aceptarla si se cree que los dramas de Shakespeare fueron escritos por un hombre que—si es que podía escribir—no pudo tener experiencia alguna de aquello de lo que hablaba, y cuya perspectiva habría sido tan ajena a él como casi imposible de comprender en estos días de fluidez social y ausencia de clases.
Identificar al analfabeto, ignorado, no distinguido e virtualmente desconocido Shaksper con el brillante, altamente culto, intuitivo, genio mundano cuya autorretrato emerge sin ambigüedad de la serie de nobles héroes shakesperianos, nos impone no solo una idea equivocada de la personalidad detrás de los dramas, sino una idea equivocada de los orígenes de toda producción artística. Porque, como sabe incluso el artista más humilde, el creador no puede apoyarse en nada fuera de sí mismo. Lo que produce debe provenir de lo que contiene, y ninguna oración añadirá al material bruto con que trabaja experiencia alguna, ni un elemento de conocimiento, ni una percepción que él no haya adquirido honestamente y en gran parte dolorosamente en el proceso de vivir. No hay ayuda que buscar fuera. Lo que produce es lo que es. Él mismo es su propia mina; no hay otra fuente de mineral. Por ello la tarea de la creación artística es de las ocupaciones más extenuantes conocidas por el hombre. Joseph Conrad comentó que había pasado doce horas al día inclinado en la bodega de un barco bajo el peso de sacos de trigo de cien libras, pero que ese esfuerzo no era comparable al de escribir.
Por ello no solo el autor de los dramas shakesperianos ha esperado tanto tiempo por reconocimiento. También todos los artistas. A quienes han trabajado en el amargo vacío donde solo puede tener lugar la creación artística, para ampliar el mundo en el que puedan deambular nuestros espíritus, el menor reembolso que podemos hacer es deshacernos del mito de que la generación espontánea puede ocurrir en la mente del artista, y comprender que su logro ha sido arrancado al suelo resistente de la experiencia que ha soportado y dominado.
De todos los contemporáneos de Shakespeare de quienes tenemos algún registro, el menos probable para haber escrito los dramas y poemas era William Shaksper. Hace treinta y cinco años, un maestro inglés, J. Thomas Looney, encontrando, como tantos otros, imposible relacionar uno con otro, emprendió con mente abierta la tarea de determinar quién, entre todos los posibles candidatos, pudo haber escrito las obras. Basándose en evidencia interna, primero enumeró todas las características y cualificaciones que el autor debía tener. Contra estas midió todas las posibilidades e inevitablemente eliminó todas, excepto una. Solo un hombre cumplía claramente las especificaciones. A medida que avanzaba su investigación, emergía evidencia adicional que respaldaba su conclusión. El caso, a medida que progresaba, se aproximaba cada vez más a lo irrefutable. Los resultados de este fascinante trabajo de razonamiento fueron publicados bajo el título Shakespeare Identified (Shakespeare identificado). Los hallazgos contenidos en ese estudio, evidentemente, parecen poco susceptibles de ser cuestionados. Sin embargo, Shakespeare Identified, por brillante que fuera su análisis, dejó enormes extensiones del tema sin explorar.
Desde su publicación, se ha descubierto una vasta cantidad de nueva evidencia, buena parte como resultado de la investigación que llevó al presente volumen. Todo confirma la identificación inicial. Puede decirse con justicia que por fin la imagen, armada a partir de mil fragmentos, cada uno de los cuales encaja perfectamente con sus vecinos, está ahora esencialmente completa. En particular, el misterio central —por qué el autor de los dramas fue obligado a aceptar el anonimato— finalmente está explicado.
Sin embargo, el problema principal al que se dirige este trabajo no es la identidad del autor, aunque eso está plenamente establecido, sino el asunto infinitamente más amplio y complicado de cómo su personalidad se revela en los poemas y dramas, y cómo el significado de innumerables pasajes —de hecho, de obras enteras y de toda la secuencia de sonetos— que los estudiosos han pasado por alto como enigmáticos, se encuentra en la vida del dramaturgo y en su carácter, y en el de sus renombrados contemporáneos.
Ha sido necesario para los autores de esta obra reconstruir una época: una época que con razón pensamos como una Edad de Oro. En la medida en que esto les ha implicado una investigación tan extensa que en ocasiones parecía que nunca emergerían de ella, no se requiere disculpa. Pero ha llegado el momento en que también se pide a los lectores que se involucren en esta empresa. Y en esta etapa sí cabe una disculpa. No —en palabras del señor Snagsby— para afinar demasiado el punto, los resultados de esta investigación son de gran envergadura. La explicación es que nada de menor alcance parecía posible.
El autor de los dramas shakesperianos y la gran época en que vivió encajaban como guante y mano; cada uno tomaba carácter del otro; y para comprender uno debemos comprender la pieza complementaria. Los dramas mismos son ricos y complejos como pocas otras obras de la creación humana: el desconcierto de generaciones de estudiosos da fe de ello. Muchos de ellos son tres obras en una, cada una verídica en su propio nivel, como se demostrará. Finalmente, la personalidad del creador no es menos profunda, variada y fascinante que las obras. Hay, pues, tres elementos por examinar: el hombre, las obras y los tiempos; y las relaciones de cada elemento con los otros dos han requerido exploración. La tarea de desvelar todo aquello que ha permanecido oculto bajo la acumulación de malentendidos y negligencias de tres siglos no es cosa de un mes ni de un año. No fue intención del hombre responsable del ocultamiento inicial que la tarea fuera llevada a cabo en absoluto. El poeta enmascarado tras el nombre “Shakespeare”, aunque como Ariel dominaba los espíritus del aire, era impotente, como ahora puede verse, frente a aquellos poderes terrenales cuyos altos intereses exigían que su autoría de los poemas y dramas permaneciera desconocida. Por tanto, ha habido más que el accidente de la negligencia que superar. Ha habido la intención deliberada de quienes tenían poder para imponer su voluntad contra el dramaturgo tanto durante su vida como después de su muerte.
El propio autor de Enrique V, intentando “encajar dentro de esta ‘O’ de madera los yelmos mismos que aterrorizaron el aire en Azincourt”, no pudo haberse sentido ni una décima parte tan abrumado como lo han estado los autores de este volumen, que, dudando de que pueda hacerse justicia en el estrecho marco de un solo libro a la más extraña y fascinante historia de toda la literatura en lengua inglesa, han osado “sobre este tablado indigno poner en escena un objeto tan grande”. El libro, pues, no es grande. Todo es relativo: es un libro pequeño. Y por ello se ofrecen disculpas.
¿A quién está dirigido? Se cree que todos los lectores de Shakespeare hallarán que la historia de la vida de su autor les abrirá nuevos mundos, como lo ha hecho con quienes la han recogido aquí. Seguramente algunos estudiosos shakesperianos serán lo bastante puros de corazón para aceptar la revelación de la verdad, aunque al comienzo la readaptación sea un desgarrón doloroso. A ellos, en un gesto de camaradería y de común propósito inspirador, se ofrece este estudio; y también a la generación venidera, con la esperanza de que sus miembros lleven más lejos la labor de exploración y encuentren mucho que añadir que sea esclarecedor.
Y hay aún otro a quien se dirige esta dedicatoria. Está el poeta que, con la libertad de no estar sujeto a las limitaciones del hecho —libertad que recompensa al artista por su angustia y su esfuerzo—, fue capaz de dar forma a su propia súplica final por el reconocimiento y la inmortalidad de su buen nombre, por lo que su espíritu anhelaba, en versos conmovedores dirigidos al amigo que le sobrevivía:
Oh Dios, Horacio, ¡qué nombre herido,cosas que, quedando así desconocidas,
vivirán tras de mí!
Si alguna vez me guardaste en tu corazón,
aléjate un poco de la dicha,
y en este mundo áspero respira con dolor,
para contar mi historia.
Tal vez no se tenga por impertinencia si los autores de este relato lo consideran una suerte de reparación, por insuficiente que sea, ofrecida a la figura trágica, sublime y eminentemente humana de Edward de Vere.
Nuestro mundo está lleno de tumulto. El hombre del Renacimiento “no comprendería” —para decirlo con las palabras de Conrad— “las consignas de nuestro tiempo, y miraría con ojos asombrados las máquinas de nuestra contienda”. En contraste con nuestro siglo, podemos mirar hacia aquel periodo al que Edward de Vere dio su más alta expresión en los frutos de su corazón y su mente, y en su ser de hombre, como “tiempo pequeño”. Sea así:
… pero en aquel pequeño vivió en grandeC. O., Jr.
[Traducción hecha por A. Peña, exclusivamente con fines educativos y de difusión. El traductor no reclama derecho alguno sobre el texto original ni lucra con él de ninguna manera. Cualquier reclamación, por favor dirigirla a oxfordianos@gmail.com y el contenido será removido. Texto original tomado de: https://sourcetext.com/foreword/.]
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