Introducción a "100 Razones por las que Shake-speare fue el Conde de Oxford" de Hank Whittemore

La idea de que las obras de Shakespeare no fueron escritas por William Shakspere de Stratford-upon-Avon suele encontrarse con incredulidad y burla por parte de los llamados expertos en la materia. Aquellos que creen que “William Shakespeare” era un seudónimo de un miembro de alto rango, polifacético y algo excéntrico de la aristocracia de la Inglaterra isabelina son ridiculizados como teóricos de la conspiración, elitistas o personas emocional y mentalmente inestables. El razonamiento, según se dice, es que esas personas no pueden aceptar que el gran poeta y dramaturgo pudiera provenir de orígenes humildes y haberse elevado por su propio esfuerzo. No pueden aceptar que Shakespeare fuera simplemente un “genio” capaz de usar su imaginación para crear sus obras maestras. Ignoran los “hechos” de que el hombre de Stratford-upon-Avon era un actor de profesión y un miembro activo del mundo teatral londinense. ¿Por qué el autor de As You Like It y King Lear debía ser un aristócrata? ¿Cómo podría un conde, miembro de la Cámara de los Lores, haber escrito obras maestras que atrajeran a todos los sectores del público, incluyendo a los espectadores comunes que se apiñaban en el suelo cubierto de tierra frente al escenario del Globe?

Que el mundo haya podido ser engañado sobre la identidad de Shakespeare —por más de cuatro siglos, nada menos— debe parecer, al principio, imposible. ¿Cómo podría alguien haber llevado a cabo tal engaño? ¿Cómo pudo Ben Jonson escribir su gran elogio fúnebre a Shakespeare sin haber conocido al hombre? ¿Cómo pudo escribir un tributo tan apasionado y conmovedor para él en el Primer Folio de las obras de Shakespeare en 1623, sin creer sinceramente en cada palabra que estaba dejando para la posteridad?

Yo también me burlé de la idea cuando me la mencionaron por primera vez en el verano de 1987. El portador de esta noción herética fue Charles Boyle, un actor y escritor en Boston que interpretaba el papel principal en una obra de un solo acto que yo había escrito durante un taller en la Playwrights Platform. En ese momento yo vivía en Portland, Maine, y Charles me preguntó qué había estado leyendo. Le dije que acababa de devorar cinco biografías de William Shakespeare, que había comprado a bajo precio en algunas librerías locales de segunda mano.

Cuando Charles preguntó por qué, le dije que había estado buscando el “proceso creativo” del Bardo, tratando de encontrar pistas sobre el secreto de su grandeza. ¿Cómo trabajaba? Más específicamente, ¿cómo podía transportarse fuera de sus propios orígenes y adentrarse en los grandes salones del poder —los palacios, las cortes reales, los campos de batalla, las tierras extranjeras— y escribir diálogos para sus personajes con tal poder y autenticidad, con tanta seguridad y audacia?

Charles asintió y preguntó qué había descubierto. Moví la cabeza y le dije: “Absolutamente nada”. Leer esas biografías había sido una experiencia entumecedora. Parecía que el señor Shakespeare no era en absoluto un hombre como su protagonista más autobiográfico, Hamlet, sino que había sido un hombre de negocios sereno y equilibrado que, cerca del final de su vida, dejó la pluma, volvió a su ciudad natal y se dedicó a la jardinería y a poner en orden sus asuntos financieros. A medida que leía esta misma historia básica, que variaba muy poco de un libro a otro, comencé a darme cuenta de que la única respuesta a mis preguntas era que aquel hombre era un genio. Era pura magia; una vida y una carrera de milagros que, por definición, no podían explicarse.

Además, mientras leía las biografías, me di cuenta de que los autores ofrecían todo tipo de información interesante —sobre Londres, los teatros y demás— pero sin proporcionar una imagen del hombre en sí. Parecía invisible. No había cartas suyas; en lo relativo a la actividad teatral o a la escritura, no había anécdotas creíbles sobre él; ninguna información sobre su apariencia, su voz, su manera de trabajar, dónde guardaba sus manuscritos, cómo tenía acceso a todos los libros que necesitaba, dónde compraba las plumas, las tintas y el papel, cómo podía escribir tanto y aun así ser actor, ensayar cuando no actuaba y memorizar sus líneas. No, no había aprendido prácticamente nada sobre el hombre de carne y hueso que, según todos los testimonios, era una figura imponente en aquel pequeño pueblo donde Venus y Adonis pasaba por diez ediciones y la multitud llenaba los teatros públicos para ver sus obras.

En ese momento yo no dudaba de nada, pero sí me sentía decepcionado por el vacío en el corazón de aquellos libros. En la universidad había actuado en Hamlet y Otelo, y aun entonces me preguntaba sobre Shakespeare y su vida. Que no hubiera información era una desilusión, pero más que eso: la verdadera decepción era darme cuenta de que Shakespeare era casi único entre los escritores al dejarnos una vida que no podía vincularse a sus obras. Yo había sido un lector apasionado de las vidas de Hemingway, Fitzgerald y otros; aquí, en el caso de quien quizá fuera el más grande de todos, no había correspondencia entre la vida conocida del hombre y lo que escribió. Para mí, esto aún no era una cuestión de autoría; solo era decepción.

Unos días después recibí por correo un gran sobre de Boyle con copias de páginas de The Mysterious William Shakespeare: the Myth and the Reality de Charlton Ogburn, Jr., publicado tres años antes. Este libro planteaba la teoría (propuesta por primera vez por J. Thomas Looney en "Shakespeare" Identified, 1920) de que el verdadero autor era un noble de alto rango, bien educado, viajado y sofisticado, llamado Edward de Vere, decimoséptimo conde de Oxford (1550-1604), que escribió poesía y teatro mientras patrocinaba compañías de actores y músicos. Un gran señor cuya posición en la corte de la reina Isabel de Inglaterra era prácticamente la misma que la del príncipe Hamlet en la corte del rey Claudio de Dinamarca. Oxford, como Hamlet, era a la vez un hombre de dentro y un hombre aparte; era excéntrico, ingenioso, reservado, incomprendido, un estudiante apasionado, generoso y orgulloso, y sin embargo enteramente humano y falible, “con más ofensas a mi alcance de las que tengo pensamientos para darles forma, imaginación para moldearlas o tiempo para llevarlas a cabo”, como Hamlet dice a su desconcertada prometida, hija del principal ministro del rey, reflejo de la prometida real de Oxford, hija del principal ministro de la reina Isabel.

Era asombroso descubrir que en la Inglaterra del siglo XVI había existido una figura real muy parecida a Hamlet, un hombre profundamente involucrado como patrocinador y guía de escritores cuyas obras componían las fuentes contemporáneas de las que Shakespeare se nutriría. Esas obras fueron creadas en las décadas inmediatamente anteriores a la de 1590, cuando los poemas y las obras comenzaron a imprimirse; como Oxford aún estaba muy vivo en esa década, parecería, al menos, que él y “Shakespeare” debieron conocerse —a menos, claro, que fueran el mismo hombre.

Me sorprendió darme cuenta de que este noble extraordinario había sido tan descuidado por historiadores, académicos literarios y biógrafos de Shakespeare. Una razón para este descuido fue que de Vere había sido en gran parte eliminado de los registros oficiales de su tiempo y, además, había sufrido críticas feroces a su carácter y acciones basadas en lo que había sido dejado deliberadamente en ese registro. También me quedó claro que otras teorías sobre la autoría (principalmente las que involucraban a Francis Bacon y, en menor medida, a Christopher Marlowe) habían sido apasionadamente exploradas y expuestas solo para ser probadas como completamente inadecuadas y erróneas. La teoría de la autoría de Bacon, sostenida en su mayoría por personas bien intencionadas que dudaban seriamente de la autoría del hombre de Stratford, se había convertido en una “cortina de humo” que impedía cualquier consideración genuina de Oxford como un candidato serio. “Oh, no”, clamaban, “otra vez con estas teorías de conspiración. ¿Estos esnobs nunca se cansarán?”

Por supuesto, otra razón del descuido hacia Oxford era —y sigue siendo— no solo la estatura icónica de “Shakespeare” como héroe nacional británico, sino también la poderosa imagen del hombre de Stratford como una figura al estilo de Horatio Alger, alguien que “se elevó por su propio esfuerzo” para convertirse en el mayor escritor del idioma inglés. Su magnífico logro se considera el resultado de una imaginación extraordinaria combinada con un genio excepcional; no es necesario explicar exactamente cómo adquirió realmente el conocimiento y la sabiduría exhibidos en sus obras: “el genio” lo explica todo.

Pero nadie nace con conocimientos de astronomía o anatomía o de las supuestamente inexistentes vías navegables del interior de Italia (que, de hecho, sí existían). La lógica exige que el vasto conocimiento exhibido por “Shakespeare” no podía haber surgido de la pura fantasía. Las grandes obras debían provenir de una mezcla imaginativa de elementos adquiridos gracias a las propias observaciones y experiencias del autor.

Debemos una gran deuda a los pioneros oxfordianos del siglo pasado, cuyos nombres pueden encontrarse en la bibliografía de este libro: J.T. Looney, Percy Allen, Eva Turner Clark, Ruth Loyd Miller, Charlton y Dorothy Ogburn, su hijo Charlton Ogburn Jr., William Plumer Fowler y muchos otros, además de autores y académicos oxfordianos más recientes. Ha llegado el momento de que nuevas generaciones profundicen mucho más en el carácter y la vida de de Vere en relación con el renacimiento literario y dramático inglés del siglo XVI y en una reconstrucción más detallada del camino que condujo al fenómeno conocido como Shakespeare.

¿Por qué las escuelas, colegios y universidades están eligiendo eliminar o reducir sus cursos de Shakespeare? Una razón es que no ha habido forma de inspirar a los estudiantes conectando la creación de esas obras con la experiencia personal y las intenciones de su creador; sin esa conexión dinámica con la vida del autor, es difícil para esos estudiantes ver cómo los poemas y las obras se relacionan con sus propias vidas. El camino hacia una comprensión y apreciación plenas de Shakespeare ha quedado bloqueado.

Este libro presenta cien razones para concluir que “William Shakespeare” era el seudónimo de Edward de Vere. Cada una se centra en un aspecto de la evidencia circunstancial. Mi intención es exponer la información de una manera que resulte fácil e incluso entretenida de leer. Les invito a emprender el viaje en sus propios términos, usando su propio juicio y llegando a sus propias conclusiones.

El proyecto comenzó a principios de 2011 cuando hice un comentario casual en mi blog diciendo que “debe haber al menos cien razones para concluir que Oxford fue Shakespeare”. Habiendo hecho tal afirmación, comencé a compilar una lista con lo que se me viniera a la mente. Luego empecé a pensar seriamente en cumplir con esa predicción. Mi idea inicial era escribir un solo párrafo para cada “razón” y nada más. Calculé que todo el proyecto podría llevar tres o cuatro meses como máximo. Sin embargo, una vez que comencé, cada nuevo tema me llevó a revisar montones de material impreso y notas que había recopilado durante más de un cuarto de siglo, y pronto se hizo evidente que el tema requería un tratamiento mucho más profundo. La primera razón se publicó el 23 de febrero de 2011: “Oxford, como Hamlet, estaba involucrado en obras y compañías teatrales en la corte real”. Con unas 430 palabras, terminó siendo la entrada más corta de todas. Cada vez que se me ocurría una nueva razón, el proceso de investigación y redacción se convertía en la producción de un ensayo original. Tomaba notas sobre nuevas ideas, pero deliberadamente evitaba compilar algo parecido a una lista completa. La idea de conocer todas las razones de antemano resultaba asfixiante; buscar la siguiente y ponerme a trabajar en ella era mucho más emocionante —y gratificante, ya que a menudo conducía a información “nueva” y a maneras originales de ver cómo encajaban las piezas de evidencia. Como resultado, el proyecto del blog en sí mismo tomó más de tres años y medio, hasta finales del verano de 2014. Luego llevó un tiempo pensar cómo dar forma a ese material en un libro.

Recibí muchas sugerencias y aliento de los visitantes del sitio que comentaban, y quiero expresarles mi gratitud. En particular, estoy agradecido con Brian Bechtold, quien brindó asistencia editorial; Alex McNeil, quien fue el editor principal, enfocando sus incomparables habilidades en cada aspecto del texto; y el editor William Boyle, quien guio este libro a través de Forever Press.

Hank Whittemore
Nyack, NY
Septiembre de 2016

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Nota del traductor

He decidido traducir esta introducción porque considero que es una de las síntesis más brillantes que se han escrito tanto del caso contra Stratford como a favor de Oxford, y es un texto con el que muchos podemos sentirnos identificados. Además, resulta ser una excelente puerta de entrada para el público general —y creo no ser el único en pensar que Hank Whittemore es el mejor escritor oxfordiano contemporáneo—, especialmente para quienes se acercan por primera vez a la duda sobre la autoría en general y a la teoría oxfordiana en particular.

Agradezco encarecidamente la amable autorización de Hank Whittemore para publicar esta traducción en el blog. Pueden adquirir su libro en el siguiente enlace: https://a.co/d/0G0NgaJ o buscándolo por su cuenta. Esta recomendación es completamente desinteresada, pues no recibo regalías de ningún tipo.

A. P.


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